domingo, 18 de enero de 2009

UNA Y OTRA Y OTRA VEZ

Pareciera que tuviese otra vez (como últimamente me ha estado ocurriendo) quince años; diría más bien que los cambios han sido más que mentales solo físicos ya que no es posible que siga comportándome como un imberbe joven que desconoce su rumbo. Me refiero a un cambio específico con relación al amor. Realmente, cuando me atrae alguien o intuyo que esto ocurre es debido a reacciones externas, peor aún, el medio que me rodea para “darme cuenta de”.

Sí, sí, sí, y un millón de veces sí, lo admito, “triste y pobre huevón”, “inmaduro”, entre otras perlas pueden salir del común denominador de las personas, pero es cierto: a quién en alguna ocasión no le ha sucedido de no saber lo que siente por alguien (lo que conocemos por confusión) hasta que alguien suelta una frase, un comentario o sabes de gente que está al acecho de esa persona por la cual no identificas en verdad lo que empieza a nacer dentro de ti y sientes ese cosquilleo, ese hormigueo que te recorre el cuerpo cada vez que te ves amenazado.

Menciono todo lo anterior por lo acontecido en estas últimas dos semanas: empecé a laborar en una pastelería y conocí a una chica llamada Analí. Ella me pareció una chica común y corriente, hasta tímida en algún momento, pero bastó a que tuviera confianza con el grupo de gente que trabaja en dicho establecimiento para vislumbrar su verdadera personalidad: una chica extrovertida, conversadora, incluso de gastar bromas a los demás. Debo añadir que nos veíamos poco debido a que trabajamos en turnos diferentes.

Hasta que a la semana de iniciadas las jornadas laborales, la cambiaron de turno y nos tocó trabajar juntos un domingo por la mañana. Conversamos poco (dicho sea de paso, la pastelería es un boom los fines de semana en las primeras horas del día debido a que el grueso de dulces se los llevan para degustarlos en la playa). Llegó la hora de salida, los dos salíamos a la misma hora. Ella, como fiel amante del trabajo, ingresó raudamente al baño y se cambió de ropa lo más rápido que pudo. Yo, en cambio, seguía tras el mostrador, a la espera de clientes con los demás compañeros de trabajo.

Salió Analí y los demás me espetaron: “Oye, cómo se va a ir sola: ACOMPÁÑALA”. Dibujé una sonrisa para escapar del aprieto y fui directo a los servicios higiénicos para proceder al igual que ella. Salí y ella estaba hablando por su celular con alguien que me es desconocido hasta ahora.

Olvido un punto importantísimo: a los tres días de trabajo tuve problemas auditivos, lo cual me dificultó más de una vez mantener una conversación fluida con alguien, los “perdón”, “disculpa”, “¿ah?” entre otros fueron los que más proferí durante esa semana.

Nos fuimos caminando, conversamos sobre todo. Mentiría si digo que escuché todo lo que me contaba. Error mío: debí explicarle desde el principio mi problema, supongo que en varias ocasiones me habrá hecho preguntas o habrá lanzado comentarios al aire a la espera de que yo respondiera. Habré quedado como un soberano tarado o un sobrado al no contestar. Soy un loser.

Como todos los que llevamos una cortísima vida amorosa, nos contamos nuestras desventuradas situaciones vividas. Creo que yo era, el “experimentado”, el “más centrado”, todo gracias a que me encuentro, encontraba, sosegado, sin nadie dando vueltas en mi cabeza ni rondando mis pensamientos. Hoy no puedo decir lo mismo.

Ella también me narró su extraña situación amorosa que no me compete mencionarla. Solo puedo comentar que no podría vivir una circunstancia así simplemente porque ya me pasó. Gallina que come huevo, aunque le quemen el pico, profesan unos. Yo mencionaría, mejor aún, el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra dos veces. Y vaya que he seguido a rajatabla este adagio.

Esa tarde me sentí bien. Después de muchísimo tiempo me sentía muy complacido al sostener una conversación con alguien pese a las dificultades existentes. Ignoro si ella sintió igual que yo, lo dudo.

Aquella fue la única ocasión que hablamos. Durante la semana nos hablamos, claro, no es lo mismo conversar con alguien por cerca de dos horas y más que cada cinco o diez minutos con la presión del trabajo. Nos volvieron a cambiar de horario y nuevamente trabajamos en turnos distintos.

Realmente, no creo que nada suceda. Lo sé por la extraña situación en la que se ve inmersa y a que este pechito está cansado de ser el príncipe que salva a la damisela en peligro o el superhéroe de la película que se queda con la chica bonita, con la diferencia que no soy príncipe sino un vasallo que termina solo o el extra que solo sirve de utilería para el largometraje o, peor y triste aún, de los que se sacrifica para que esa persona sea feliz, “aunque no sea conmigo”. Aj.

Todo es una nebulosa de posibilidades, nadie puede decir esto va a pasar, aquello no. Solo el tiempo será quien decida qué es lo mejor. El tiempo me ayudo muchísimas veces. Espero que también pueda ayudar a Analí. Espero que yo también pueda ayudarla.

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